Benito Pérez Galdós publicó unas Memorias de título curioso: “Memorias de un desmemoriado”. Una contradicción en sí misma que refleja, sin embargo, que hay una decisión premeditada de explicar sólo una parte de su existencia. Y no, no es lo que se hace habitualmente con las memorias. 

Esta declaración de principios la reafirma en las primeras líneas: “Omito lo referente a mi infancia, que carece de interés o se diferencia poco de otras de chiquillos o de bachilleres aplicaditos”. E incluye dudas de falsa desmemoria sobre el momento de venir a Madrid: “El 63 o el 64—y aquí flaquea un poco mi memoria—mis padres me mandaron a Madrid a estudiar Derecho, y vine a esta Corte y entré en la Universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía, como he referido en otro lugar. Escapándome de las Cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital”.

Resulta paradójico, pero hasta ahora nadie ha investigado esa etapa canaria en la vida de Benito Pérez Galdós. Un periodo desconocido a pesar de que, como muestra el libro que estoy presentando –Galdós en la encrucijada, de Rafael Hernández Tristán-, resulta extremadamente interesante, explica sus comportamientos posteriores e incluso su paso al realismo literario.

Esto es algo que nii siquiera en este año del centenario en donde se han acumulado los libros sobre él; muchos de ellos financiados con dinero de las instituciones canarias. Curioso, cuando menos. Cualquiera podría pensar que ha habido un pacto de silencio sobre el particular.

Hasta ahora.

En efecto, Rafael Hernández Tristán, grancanario como Galdós, ha elaborado un ensayo  muy ilustrativo y esclarecedor del periodo anterior a su venida a Madrid. Un periodo marcado por la omnipresencia de Doña Dolores, su madre, una mujer cariñosa pero anclada en una mentalidad ultracatólica y por la ausencia de D. Sebastián, su padre, un teniente coronel pluriempleado para sacar adelante la numerosa descendencia de 10 hijos, de la que Benito, Benitín, era el más pequeño.

Una relación maternofilial, en fin, que fue causa del devenir personal e incluso literario del autor. El libro de Hernández Tristán explica con la precisión científica de un microcirujano qué ocurrió en aquel periodo, tanto aquello sobre lo que había alguna pequeña noticia (su popularidad como autor en la prensa local, por ejemplo), como el drama que padeció el autor. Un drama con mayúsculas que acaso haya encontrado dos trazos de cómo debió vivirlo en otras dos de sus obras.

Un libro en definitiva que desvela aspectos relevantes de la vida de Benito Pérez Galdós. Me atrevería a señalar, incluso, que se trata de un libro del que se puede sacar un argumento perfecto para una serie de estas que pueblan las plataformas en streaming.

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