El fútbol y el problema del VAR

por Julio González García | Mar 26, 2023

Al parecer, un comité de la Cámara de Representantes de EEUU se ha pronunciado a favor de apoyar los esfuerzos del secretario de Estado para alcanzar un compromiso diplomático entre Marruecos y España sobre el futuro de Ceuta y Melilla. Lo de menos es saber qué es exactamente lo que está haciendo ese sujeto. Lo realmente preocupante es que estamos en la antesala de un grave problema, aumentado por la prometida venganza de EEUU por la actitud de España con ocasión de la actual guerra del golfo Pérsico.
Forzoso es comenzar por aceptar que la relación con el reino alauita es aparentemente correcta, pero está plagada de tumores, históricos y presentes, por más que el observador quiera y deba apartar todos los apriorismos negativos que entran en el análisis, pero la realidad es la que es y no ofrece motivos para el optimismo. Hay un primer punto que es obligado destacar: aun aceptando que Trump es un tipejo indeseable, es un grave error buscar el enfrentamiento con él, y, de paso, con USA, con el objetivo prioritario de presentarse ante la izquierda española – y Europea, según delira Sánchez - como máximo adalid del pensamiento progresista y de la gallardía ante el imperialismo belicista.
Las consecuencias son fácilmente previsibles, y ahí tenemos la amenaza de supresión de las bases norteamericanas en España, cosa que la progresía de salón, y algunos más de los socios de Sánchez, consideran una gran noticia, sin reparar en que el gran beneficiado puede ser Marruecos, a cuyo territorio pueden ir a parar las bases con todo lo que eso comporta, lo cual no se limita a la pérdida de unos “inquilinos”, sino que va mucho más allá, alterando gravemente la defensa de los intereses españoles.
Pero Sánchez, agobiado por las encuestas desfavorables, tenía que buscar en el baúl recursos propagandísticos y uno era el del “no a la guerra”, que irá acompañado, de aquí a las elecciones generales, del grito “OTAN no, bases fuera”, que estuvo en boga a comienzos de los 80. La probada frivolidad del actual PSOE y su jefe no detendrá el dislate, pues ningún precio para España es demasiado alto si se trata de los intereses electorales inmediatos.
Me he referido a uno más de los disparates sanchistas, pero el tema de estas notas es la relación con Marruecos. Para la mayoría de los españoles (datos del Real Instituto Elcano) Marruecos es la más grave amenaza exterior de España, muy por encima de Rusia que, en su caso, es un problema que España comparte con toda Europa en tanto que el marroquí es estrictamente español, y si la detección de la opinión se centra en Ceuta o Melilla o, incluso, en Canarias, el nivel de preocupación es mucho mayor.
A la gravedad estratégica de buscar el enfrentamiento con USA ( y con Israel) se suma la baja reacción ante hechos ya acaecidos, como han sido las invasiones incontroladas de inmigrantes ayudados por la Administración marroquí, los apresamientos injustificados de pesqueros españoles, la falta de respeto a las aguas territoriales españolas (determinadas por las Islas Canarias), y la frecuencia con la que diferentes voceros marroquíes se jactan de que el crecimiento demográfico de sus nacionales en España es un arma cargada de futuro, crecimiento que, además, sufraga en buena parte el sistema de seguridad social español.
Mientras que eso sucede, Marruecos anuncia sus proyectos de hacerse con las riquezas que atesora el suelo marino en las aguas cercanas a las Canarias y al Sahara Occidental, al que España ha abandonado a su suerte, indiferente a los intereses de sus habitantes, muchos de los cuales son, además, españoles. La tesis marroquí de que las grandes riquezas minerales que se encuentran en esas aguas le “pertenecen”, pretensión que carece de base tanto geográfica como histórica, es vista con mucha comprensión por USA, que, por supuesto, confía en beneficiarse antes o después de las políticas marroquíes de hechos consumados.
Entre tanto, España se limita a protestar, pero sin dar paso alguno en defensa de sus derechos, ya sea por temor al enfrentamiento abierto con Marruecos, ya por no contrariar al Gran Hermano yanqui, al que, paralelamente, Sánchez se permite chulear de cara a la galería, a la vez que su Gobierno, por boca del impresentable Ministro de Asuntos Exteriores, aumenta la marca de sandeces históricas asegurando que no hay ninguna razón para temer consecuencias negativas derivadas de las prohibiciones de uso de las bases de Rota y Morón. Para troncharse de risa.
Da vértigo la facilidad con la que España parece olvidar cómo las gasta Marruecos, y no por su gallardía bélica, sino por su habilidad para aprovechar los malos momentos hispanos. Hay que recordar la marcha verde sobre el Sahara Occidental durante la agonía de Franco, y el idilio de la administración Trump con Rabat es otro escenario malo para España, si, además, se combina con nuestro actual panorama político. Decir que Marruecos podría intentar apoderarse de un zarpazo de Ceuta o Melilla (por supuesto, con la abierta ayuda de USA) suena a idea fantasiosa carente de base, pero es grave imprudencia no querer contemplar esa posibilidad.
La tolerancia con las exigencias marroquíes alcanzó uno de sus puntos culminantes con la escandalosa decisión de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, con lo que España traicionaba definitivamente a los que en su momento fueron españoles. Sin que antes hubiera un debate en las Cortes, como sería lo adecuado en tema de esa importancia, Sánchez decidió en abril de 2022 dar la razón a Marruecos en el conflicto del Sahara Occidental, aceptando expresamente que la mejor solución sería la de dotar a aquel territorio de un estatuto de autonomía dentro del reino alauita, zanjando definitivamente la obligación de respetar las resoluciones de Naciones Unidas, que en modo alguno comportaban la integración directa en Marruecos.
Las consecuencias no se harían esperar, comenzando por poner al borde de la ruptura las relaciones con Argelia, dislate mayúsculo por muchos motivos, y entre ellos no es el menor el de la dependencia energética de España, necesitada del gas argelino. La torpeza estratégica y diplomática ha dado lugar a que España dependa ahora del gas que le vende EEUU, que además es peor y más caro que el argelino, según dicen los que saben de estas cosas, además de que, conociendo los cambios de humor de Trump, es altamente peligroso confiar en un suministrador que en cualquier momento puede decidir cerrar el grifo.

En otro plano se sitúan las relaciones humanas. Si comenzamos por los datos peores es obligado recordar que entre la población extranjera de las prisiones españolas el porcentaje mayor corresponde a marroquíes, es un mero hecho estadístico, pero puede ser valorado cuando se trata de la integración, pero el tema es, según creo, más grave:
Antes me he referido a la cuestión demográfica, y la abierta invocación que desde Marruecos se hace a la fuerza que suponen los vientres de las mujeres marroquíes inmigrantes, que traen sin cesar nuevos habitantes a España, país al que muchos de ellos nunca tendrán como propio, aunque haya crecientes excepciones que es obligado reconocer. En paralelo, las tasas de natalidad propias no paran de descender. Se trata de una “invasión lenta pero inexorable”, que se conjuga con la nula voluntad de integración de una gran mayoría de los marroquíes, que propenden a relacionarse exclusivamente entre ellos. Se dice, y algo de cierto hay en ello, que España no podría prescindir de la mano de obra extranjera en general y, en particular, marroquí, pero eso no es razón suficiente para no exigir comportamientos más respetuosos con España en tanto que país de acogida.
El tema de la integración ha tenido recientemente un importante momento crítico, provocado por la decisión del alcalde de Lérida de prohibir el velo integral (el burka y el niqab) en los espacios públicos. Su argumento es sencillo y, en mi opinión, contundente: es necesaria esa prohibición para la defensa de los derechos fundamentales de las mujeres. Las reacciones no se han hecho esperar, comenzando por el propio PSOE, Partido al que, vía PSC, pertenece el alcalde, y, por supuesto, una legión de progres de diferentes pelajes que se han lanzado a la defensa de la libertad de cultos y costumbres. No ha faltado tampoco quien ha acusado a la medida de “discriminatoria y racista”. ¡Cuánta necedad!
Esas reacciones ponen de manifiesto algo mucho más grave, como es la subestimación de lo que es el islamismo radical y lo que puede suponer, error imperdonable, especialmente si se tienen presentes episodios trágicos como los atentados de Atocha o los de las Ramblas de Barcelona. Pero según los defensores de la posición “respetuosa” con la singularidad islámica, una prohibición de esa clase interfiere la libertad de las mujeres musulmanas que decidan ocultar su rostro.
Ese problema se vivió hace años en Francia, donde la población musulmana es mucho más numerosa que en España, dando lugar a grades controversias, que no impidieron que en 2004 se prohibieran los signos religiosos ostensibles en la escuela pública. Unos años después, en 2010, se prohibió el burka con un argumento también simple y tajante: no se puede permitir que nadie circule por las calles enmascarado. La reacción de rechazo del islamismo fue la esperable, poniendo de manifiesto algo que a fuer de evidente no es valorado: las democracias occidentales son laicas, mientras que los Estados islámicos no lo son, y esa diferencia de partida explica la incapacidad islámica para comprender (y respetar) el modo de vida de los países libres.
Ese razonamiento, perfectamente trasportable a España, y va más allá de la cuestión de la supuesta “libertad de elección” de las mujeres (sin entrar en que esa libertad es indemostrable, siendo, en cambio, seguro el ambiente de control y presión en el que viven las musulmanas). Es absurdo invocar las libertades individuales, sin antes pararse a contemplar la cantidad de violencia contra las mujeres que entraña la imposición de vestimentas.
Haríamos bien los españoles en no olvidar que el islamismo (del que participan muchos marroquíes) pretende que sus propias leyes sean respetadas en Estados de Derecho en los que rigen otras, y para lograr ese objetivo no ha dudado en hacer correr la sangre, en España y en otros Estados europeos.
He comenzado hablando de la difícil relación con Marruecos y termino extendiendo el tema a la presencia del islamismo en nuestro país y en nuestra vida cotidiana. El riesgo de violencia existe y ojalá nunca pase de ser solo un riesgo, igual que sucede con el peligro de un indeseable conflicto bélico con Marruecos, que debe evitarse a toda costa, pero sin arrodillar a España.

El fútbol lleva aparejado el problema del VAR. La celebración de una nueva jornada de fútbol, ya sea en las competiciones nacionales de Liga o Copa, o internacionales, ya sea Champions o un Mundial, hace que se llenen las páginas de la prensa deportiva y general de debates apasionados sobre el VAR, el Video Asistant Referee, y los errores que ha podido provocar o cuándo debió intervenir y no lo hizo. Lo ocurrido la semana pasada con el gol anulado a Marco Asensio contra el Barcelona y la jugada inmediatamente posterior en la que el Madrid encajó el gol de la derrota constituyen ejemplos suficientemente claros de la polémica que acompaña al VAR y al arbitraje. De hecho, la prensa deportiva publica dos clasificaciones, la real y la de “sin VAR”, para terminar de acrecentar la polémica. Pero recordemos que errores arbitrales hicieron que Inglaterra ganara el Mundial de 1966 o que el gol fantasma de Míchel subiera al marcador. Un problema de siempre y para siempre.

Una polémica que, avanzo, es irresoluble.

Con el VAR, lo que se busca es que haya una revisión externa e interna de aquellas jugadas conflictivas. Revisión que, como es conocido, se desarrollará a través de repeticiones variadas de la jugada utilizando alta tecnología para ayudar al árbitro que está en el campo a decidir. Quien arbitre verá cuantas veces quiera la jugada hasta hacerse una idea de qué ocurrió realmente y adoptar la solución adecuada.

Las quejas vienen porque, por un lado, hay diferencias de criterio en el momento del uso y, en segundo lugar, porque las hay en la aplicación de los criterios que determinan una infracción. Y uno y otro son problemas irresolubles.

El VAR, de entrada, es limitado. El número de jugadas que puede examinar es reducido, algo que, por otra parte, resulta lógico para que se mantenga la continuidad en el partido. Sólo examinará para revisar goles en donde haya podido haber infracciones, penalties, tarjetas rojas y problemas de confusión de identidades. Esta primera restricción ya marca un primer punto de fricción: hasta dónde se extiende, por ejemplo, la jugada que termine en gol y en donde se puede haber producido una falta.

De hecho, si leemos las reglas de la FIFA veremos que señalan que es un instrumento en el que “el árbitro informa a los asistentes de vídeo, o los asistentes de vídeo recomiendan al árbitro que se revise una decisión o incidencia”. Dicho con otras palabras, sólo funciona el VAR si el árbitro duda. Algo que contrasta con lo que ocurre en el baloncesto o el tenis, que permiten a los jugadores reclamar el uso de las imágenes para revisar la solución adoptada (y en donde las consecuencias de hacer una tacha y reclamar el “VAR” hacen que su uso sea muy razonable).

Es una regla que puede ser discutible pero que es razonable, aunque la del tenis y el baloncesto puede ser más adecuada. No hay norma alguna que pueda crear un mecanismo automático de apertura del VAR que discrimine con precisión cuándo se debe utilizar y cuándo no. Puede haber una recomendación de que se haga, pero será el árbitro el que lo decida, porque es él el que tiene elementos suficientes. El se habrá dado cuenta de si su ubicación era la mejor para tener una visión razonable y verá si le faltan elementos de juicio.

Pero lo más relevante es cómo están configuradas las normas y qué es lo que ha de hacer el juzgador, el arbitro.

De las extensas y minuciosas reglas que están recogidas en el reglamento de fútbol hay algunas que necesariamente requieren una valoración por parte del árbitro. Pensemos en las reglas del fuera de juego, yendo más allá, cuándo se puede considerar “fuera de juego posicional”. La pierna sí juega para el fuera de juego y el brazo no… una cauística compleja que se complica más cuando se desarrolla en un terreno de juego y ni siquiera la abundancia de cámaras actual permite ir en paralelo al penúltimo defensor (el último se supone que es el portero) en todas las circunstancias.

A partir de este punto, nos encontramos con dos problemas: la calidad técnica del VAR y la calidad técnica de los árbitros.

Frente a la precisión que marca el denominado “ojo de halcón” en el tenis -ciertamente más fácil en el juicio que ha de hacerse-, nos encontramos con que la técnica en el VAR resulta mucho más rudimentaria. No hay más que observar las paralelas que trazaron, con escasa precisión, los árbitros del VAR en la jugada del Barcelona-Real Madrid citada al comienzo de este Post. Un análisis posterior determinó que el plano utilizado no era el correcto. Si se hubieran hecho los análisis correctos y se hubieran trazado las paralelas adecuadas en el momento del impacto con el balón, el resultado (fuera de juego) no hubiera cambiado, pero demuestran lo poco acertados que estuvieron haciendo su estudio.

La calidad de los árbitros, al menos en la Liga va como el tango, cuesta abajo en la rodada. Y esto determina que la calidad de los juicios sea susceptible de crítica. Y ello sin necesidad de recordar el contexto del Barçagate y los pagos denunciados por los medios de comunicación a Enríquez Negreira.

Lo que se pretende enfáticamente desde los carruseles deportivos o desde los comentarios de la prensa deportiva o en las declaraciones de los participantes es una quimera. No hay posibilidad de objetivizarlo todo de tal manera que se elimine el error arbitral.

En el fondo, los problemas del arbitraje, y con ellos los del VAR, son similares a los de la aplicación de la justicia en los tribunales y en las decisiones administrativas: el error es algo consustancial a la vida y, por ello, a la aplicación de las normas. La visión de los hechos siempre está distorsionada y las normas tienen ámbitos de discrecionalidad. Todos recordamos aquel gol que pasó por debajo del cuerpo del portero de forma inexplicable o aquél delantero que marró el disparo a puerta vacía. Pues igual les pasa a los árbitros: ponderan mal y se equivocan.

Articular las reglas del juego supone que para el conflicto hay que dotar un instrumento de resolución. El árbitro. Y en este caso, más allá de la discusión en el café del lunes por la mañana, hay que reconocer que el árbitro tiene razón, no porque tenga razón sino porque es el último que habla.

Lo único que debemos exigir es que mejoren la calidad técnica media del arbitraje, tanto la del VAR como la del árbitro de cancha. Mientras esto no sea así, pondremos al VAR (al árbitro del VAR, en realidad) y al árbitro como vehículo para solucionar la frustración por el resultado adverso. Siendo profesionales, pretendiendo la LIGA ser una de las mejores del mundo, es, por otra parte, una obligación tener unos juzgadores de buena calidad.

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