Testimonios de un jurista de Alejandro Nieto

por Julio González García | Mar 22, 2020

Al parecer, un comité de la Cámara de Representantes de EEUU se ha pronunciado a favor de apoyar los esfuerzos del secretario de Estado para alcanzar un compromiso diplomático entre Marruecos y España sobre el futuro de Ceuta y Melilla. Lo de menos es saber qué es exactamente lo que está haciendo ese sujeto. Lo realmente preocupante es que estamos en la antesala de un grave problema, aumentado por la prometida venganza de EEUU por la actitud de España con ocasión de la actual guerra del golfo Pérsico.
Forzoso es comenzar por aceptar que la relación con el reino alauita es aparentemente correcta, pero está plagada de tumores, históricos y presentes, por más que el observador quiera y deba apartar todos los apriorismos negativos que entran en el análisis, pero la realidad es la que es y no ofrece motivos para el optimismo. Hay un primer punto que es obligado destacar: aun aceptando que Trump es un tipejo indeseable, es un grave error buscar el enfrentamiento con él, y, de paso, con USA, con el objetivo prioritario de presentarse ante la izquierda española – y Europea, según delira Sánchez - como máximo adalid del pensamiento progresista y de la gallardía ante el imperialismo belicista.
Las consecuencias son fácilmente previsibles, y ahí tenemos la amenaza de supresión de las bases norteamericanas en España, cosa que la progresía de salón, y algunos más de los socios de Sánchez, consideran una gran noticia, sin reparar en que el gran beneficiado puede ser Marruecos, a cuyo territorio pueden ir a parar las bases con todo lo que eso comporta, lo cual no se limita a la pérdida de unos “inquilinos”, sino que va mucho más allá, alterando gravemente la defensa de los intereses españoles.
Pero Sánchez, agobiado por las encuestas desfavorables, tenía que buscar en el baúl recursos propagandísticos y uno era el del “no a la guerra”, que irá acompañado, de aquí a las elecciones generales, del grito “OTAN no, bases fuera”, que estuvo en boga a comienzos de los 80. La probada frivolidad del actual PSOE y su jefe no detendrá el dislate, pues ningún precio para España es demasiado alto si se trata de los intereses electorales inmediatos.
Me he referido a uno más de los disparates sanchistas, pero el tema de estas notas es la relación con Marruecos. Para la mayoría de los españoles (datos del Real Instituto Elcano) Marruecos es la más grave amenaza exterior de España, muy por encima de Rusia que, en su caso, es un problema que España comparte con toda Europa en tanto que el marroquí es estrictamente español, y si la detección de la opinión se centra en Ceuta o Melilla o, incluso, en Canarias, el nivel de preocupación es mucho mayor.
A la gravedad estratégica de buscar el enfrentamiento con USA ( y con Israel) se suma la baja reacción ante hechos ya acaecidos, como han sido las invasiones incontroladas de inmigrantes ayudados por la Administración marroquí, los apresamientos injustificados de pesqueros españoles, la falta de respeto a las aguas territoriales españolas (determinadas por las Islas Canarias), y la frecuencia con la que diferentes voceros marroquíes se jactan de que el crecimiento demográfico de sus nacionales en España es un arma cargada de futuro, crecimiento que, además, sufraga en buena parte el sistema de seguridad social español.
Mientras que eso sucede, Marruecos anuncia sus proyectos de hacerse con las riquezas que atesora el suelo marino en las aguas cercanas a las Canarias y al Sahara Occidental, al que España ha abandonado a su suerte, indiferente a los intereses de sus habitantes, muchos de los cuales son, además, españoles. La tesis marroquí de que las grandes riquezas minerales que se encuentran en esas aguas le “pertenecen”, pretensión que carece de base tanto geográfica como histórica, es vista con mucha comprensión por USA, que, por supuesto, confía en beneficiarse antes o después de las políticas marroquíes de hechos consumados.
Entre tanto, España se limita a protestar, pero sin dar paso alguno en defensa de sus derechos, ya sea por temor al enfrentamiento abierto con Marruecos, ya por no contrariar al Gran Hermano yanqui, al que, paralelamente, Sánchez se permite chulear de cara a la galería, a la vez que su Gobierno, por boca del impresentable Ministro de Asuntos Exteriores, aumenta la marca de sandeces históricas asegurando que no hay ninguna razón para temer consecuencias negativas derivadas de las prohibiciones de uso de las bases de Rota y Morón. Para troncharse de risa.
Da vértigo la facilidad con la que España parece olvidar cómo las gasta Marruecos, y no por su gallardía bélica, sino por su habilidad para aprovechar los malos momentos hispanos. Hay que recordar la marcha verde sobre el Sahara Occidental durante la agonía de Franco, y el idilio de la administración Trump con Rabat es otro escenario malo para España, si, además, se combina con nuestro actual panorama político. Decir que Marruecos podría intentar apoderarse de un zarpazo de Ceuta o Melilla (por supuesto, con la abierta ayuda de USA) suena a idea fantasiosa carente de base, pero es grave imprudencia no querer contemplar esa posibilidad.
La tolerancia con las exigencias marroquíes alcanzó uno de sus puntos culminantes con la escandalosa decisión de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, con lo que España traicionaba definitivamente a los que en su momento fueron españoles. Sin que antes hubiera un debate en las Cortes, como sería lo adecuado en tema de esa importancia, Sánchez decidió en abril de 2022 dar la razón a Marruecos en el conflicto del Sahara Occidental, aceptando expresamente que la mejor solución sería la de dotar a aquel territorio de un estatuto de autonomía dentro del reino alauita, zanjando definitivamente la obligación de respetar las resoluciones de Naciones Unidas, que en modo alguno comportaban la integración directa en Marruecos.
Las consecuencias no se harían esperar, comenzando por poner al borde de la ruptura las relaciones con Argelia, dislate mayúsculo por muchos motivos, y entre ellos no es el menor el de la dependencia energética de España, necesitada del gas argelino. La torpeza estratégica y diplomática ha dado lugar a que España dependa ahora del gas que le vende EEUU, que además es peor y más caro que el argelino, según dicen los que saben de estas cosas, además de que, conociendo los cambios de humor de Trump, es altamente peligroso confiar en un suministrador que en cualquier momento puede decidir cerrar el grifo.

En otro plano se sitúan las relaciones humanas. Si comenzamos por los datos peores es obligado recordar que entre la población extranjera de las prisiones españolas el porcentaje mayor corresponde a marroquíes, es un mero hecho estadístico, pero puede ser valorado cuando se trata de la integración, pero el tema es, según creo, más grave:
Antes me he referido a la cuestión demográfica, y la abierta invocación que desde Marruecos se hace a la fuerza que suponen los vientres de las mujeres marroquíes inmigrantes, que traen sin cesar nuevos habitantes a España, país al que muchos de ellos nunca tendrán como propio, aunque haya crecientes excepciones que es obligado reconocer. En paralelo, las tasas de natalidad propias no paran de descender. Se trata de una “invasión lenta pero inexorable”, que se conjuga con la nula voluntad de integración de una gran mayoría de los marroquíes, que propenden a relacionarse exclusivamente entre ellos. Se dice, y algo de cierto hay en ello, que España no podría prescindir de la mano de obra extranjera en general y, en particular, marroquí, pero eso no es razón suficiente para no exigir comportamientos más respetuosos con España en tanto que país de acogida.
El tema de la integración ha tenido recientemente un importante momento crítico, provocado por la decisión del alcalde de Lérida de prohibir el velo integral (el burka y el niqab) en los espacios públicos. Su argumento es sencillo y, en mi opinión, contundente: es necesaria esa prohibición para la defensa de los derechos fundamentales de las mujeres. Las reacciones no se han hecho esperar, comenzando por el propio PSOE, Partido al que, vía PSC, pertenece el alcalde, y, por supuesto, una legión de progres de diferentes pelajes que se han lanzado a la defensa de la libertad de cultos y costumbres. No ha faltado tampoco quien ha acusado a la medida de “discriminatoria y racista”. ¡Cuánta necedad!
Esas reacciones ponen de manifiesto algo mucho más grave, como es la subestimación de lo que es el islamismo radical y lo que puede suponer, error imperdonable, especialmente si se tienen presentes episodios trágicos como los atentados de Atocha o los de las Ramblas de Barcelona. Pero según los defensores de la posición “respetuosa” con la singularidad islámica, una prohibición de esa clase interfiere la libertad de las mujeres musulmanas que decidan ocultar su rostro.
Ese problema se vivió hace años en Francia, donde la población musulmana es mucho más numerosa que en España, dando lugar a grades controversias, que no impidieron que en 2004 se prohibieran los signos religiosos ostensibles en la escuela pública. Unos años después, en 2010, se prohibió el burka con un argumento también simple y tajante: no se puede permitir que nadie circule por las calles enmascarado. La reacción de rechazo del islamismo fue la esperable, poniendo de manifiesto algo que a fuer de evidente no es valorado: las democracias occidentales son laicas, mientras que los Estados islámicos no lo son, y esa diferencia de partida explica la incapacidad islámica para comprender (y respetar) el modo de vida de los países libres.
Ese razonamiento, perfectamente trasportable a España, y va más allá de la cuestión de la supuesta “libertad de elección” de las mujeres (sin entrar en que esa libertad es indemostrable, siendo, en cambio, seguro el ambiente de control y presión en el que viven las musulmanas). Es absurdo invocar las libertades individuales, sin antes pararse a contemplar la cantidad de violencia contra las mujeres que entraña la imposición de vestimentas.
Haríamos bien los españoles en no olvidar que el islamismo (del que participan muchos marroquíes) pretende que sus propias leyes sean respetadas en Estados de Derecho en los que rigen otras, y para lograr ese objetivo no ha dudado en hacer correr la sangre, en España y en otros Estados europeos.
He comenzado hablando de la difícil relación con Marruecos y termino extendiendo el tema a la presencia del islamismo en nuestro país y en nuestra vida cotidiana. El riesgo de violencia existe y ojalá nunca pase de ser solo un riesgo, igual que sucede con el peligro de un indeseable conflicto bélico con Marruecos, que debe evitarse a toda costa, pero sin arrodillar a España.

TESTIMONIOS DE UN JURISTA (1930-2017), DE ALEJANDRO NIETO

ISBN:9788494741500
Editorial: Global Law Press
Fecha de la edición: 2017
Lugar de la edición: Madrid. España
Colección: Cuadernos Universitarios de Derecho Administrativo
Encuadernación: Rústica
Nº Pág.: 444

Un libro titulado Testimonios de un jurista promete ser un relato personal sobre lo que ha vivido el autor en el periodo que abarca su relato. Desde este punto de vista, Alejandro Nieto no defrauda al lector explicando cuál ha sido su trayectoria vital desde un punto de vista jurídico desde que llegó a la Universidad de Valladolid a estudiar la carrera, hasta el momento actual, tras haber pasado por las Universidades de La Laguna, Autónoma de Barcelona, Alcala de Henares y Complutense de Madrid. Es el relato desde su perspectiva de qué ha ocurrido en el mundo del derecho en los últimos 87 años, y cuyos análisis tienen los pros y los contras de lo que se pretende que sea un discurso personal. No podemos criticar las ausencias ni los elementos con los que se pueda disentir porque es, insisto, un discurso personal, de lo vivido: “Bastante tengo ya con lo que he visto y vivido”, dice al comienzo de la obra. Un discurso en el que se entremezcla el plano institucional con el plano personal, el de los afectos y las admiraciones intelectuales, que salen a lo largo del libro.

Pero si el autor es Alejandro Nieto, no se puede esperar que el discurso se termine aquí. Sería rico, sin duda, analizando su trayectoria desde el Ministerio de Agricultura, las diversas universidades reseñadas, las latinoamericanas donde ha impartido clase o la Presidencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. A los que le conocemos, es un discurso que nos gusta escuchar, incluso cuando explica las razones de su desazón.

Pero para todos sería insuficiente, teniendo en cuenta la personalidad de Nieto. Más aún, cuando a su perfil de Catedrático de Derecho administrativo aúna su faceta de historiador (por la que recibió el Premio Nacional de Ensayo en 1997, por “Primeros pasos del Estado constitucional. Historia administrativa de la Regencia de Maria Teresa de Borbón”, a los que han seguido numerosos trabajos sobre este periodo histórico). O de analista de la ciencia de la Administración, (“La nueva organización del desgobierno“). No podemos olvidar, en este último aspecto, que Nieto fue uno de los primeros abanderados en la lucha contra la corrupción, de lo que da muestra su La corrupción en la España democrática.

Y Alejandro Nieto no ha defraudado las expectativas. De una persona con un ingenio tan brillante como él, se podía esperar que profundizara en cuestiones vertebrales del Derecho del último siglo, como así ha hecho. No espere el lector, en consecuencia, encontrar un libro de memorias sino que es una obra sobre el Derecho y en la que propone un planteamiento alternativo al que resulta usual en las Facultades de derecho españolas.

¿Se puede definir el derecho? ¿Es incluso conveniente gastar el tiempo en una definición? ¿Cómo se proyecta esta cuestión sobre aspectos que, para muchos son nucleares, como la propia definición de cada sector del ordenamiento jurídico? ¿Hasta dónde llega la discrecionalidad administrativa? ¿Cuáles son los defectos de la visión actual del Derecho administrativo actual? ¿Cuál es el papel de la ley en el ordenamiento jurídico? ¿Qué ha ocurrido en la Justicia en los últimos años?¿Qué papel ocupa la ciencia del derecho en la España actual? ¿Es lo mismo el derecho escrito que el derecho practicado? ¿Cómo se articula la concepción del Derecho como oferta al operador jurídico? ¿En qué consiste el arbitrio judicial? ¿Realismo jurídico en la España de 2017? ¿Se enseña de la forma adecuada el Derecho administrativo?

Sin duda, algunas de estas cuestiones las había analizado en otros trabajos publicados.  Especialmente en sus brillantes, y poco analizados, “Estudios históricos de Administración y Derecho administrativo” (1984) y en su obra más relevante, en su propia opinión, el “Arbitrio judicial” (2000). Pero hasta ahora no estaban concentrados en un volumen ni tenían un hilo argumental como el que le ha dado en los Testimonios de un jurista (1930-2017).

Como toda la obra de Nieto, es una obra que está muy bien escrita. Y que la intensidad del discurso narrativo no se pierde a lo largo de sus páginas; algo muy relevante en un libro de estas características, que aúnan el testimonio con la propia exposición de su concepción del Derecho. No crea el lector no jurista que es un libro inadecuado para ellos, al contrario, explica qué ocurre en el día a día y que no está en los libros al uso.

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