El día después del reconocimiento de Palestina

por Julio González García | May 11, 2024

Al parecer, un comité de la Cámara de Representantes de EEUU se ha pronunciado a favor de apoyar los esfuerzos del secretario de Estado para alcanzar un compromiso diplomático entre Marruecos y España sobre el futuro de Ceuta y Melilla. Lo de menos es saber qué es exactamente lo que está haciendo ese sujeto. Lo realmente preocupante es que estamos en la antesala de un grave problema, aumentado por la prometida venganza de EEUU por la actitud de España con ocasión de la actual guerra del golfo Pérsico.
Forzoso es comenzar por aceptar que la relación con el reino alauita es aparentemente correcta, pero está plagada de tumores, históricos y presentes, por más que el observador quiera y deba apartar todos los apriorismos negativos que entran en el análisis, pero la realidad es la que es y no ofrece motivos para el optimismo. Hay un primer punto que es obligado destacar: aun aceptando que Trump es un tipejo indeseable, es un grave error buscar el enfrentamiento con él, y, de paso, con USA, con el objetivo prioritario de presentarse ante la izquierda española – y Europea, según delira Sánchez - como máximo adalid del pensamiento progresista y de la gallardía ante el imperialismo belicista.
Las consecuencias son fácilmente previsibles, y ahí tenemos la amenaza de supresión de las bases norteamericanas en España, cosa que la progresía de salón, y algunos más de los socios de Sánchez, consideran una gran noticia, sin reparar en que el gran beneficiado puede ser Marruecos, a cuyo territorio pueden ir a parar las bases con todo lo que eso comporta, lo cual no se limita a la pérdida de unos “inquilinos”, sino que va mucho más allá, alterando gravemente la defensa de los intereses españoles.
Pero Sánchez, agobiado por las encuestas desfavorables, tenía que buscar en el baúl recursos propagandísticos y uno era el del “no a la guerra”, que irá acompañado, de aquí a las elecciones generales, del grito “OTAN no, bases fuera”, que estuvo en boga a comienzos de los 80. La probada frivolidad del actual PSOE y su jefe no detendrá el dislate, pues ningún precio para España es demasiado alto si se trata de los intereses electorales inmediatos.
Me he referido a uno más de los disparates sanchistas, pero el tema de estas notas es la relación con Marruecos. Para la mayoría de los españoles (datos del Real Instituto Elcano) Marruecos es la más grave amenaza exterior de España, muy por encima de Rusia que, en su caso, es un problema que España comparte con toda Europa en tanto que el marroquí es estrictamente español, y si la detección de la opinión se centra en Ceuta o Melilla o, incluso, en Canarias, el nivel de preocupación es mucho mayor.
A la gravedad estratégica de buscar el enfrentamiento con USA ( y con Israel) se suma la baja reacción ante hechos ya acaecidos, como han sido las invasiones incontroladas de inmigrantes ayudados por la Administración marroquí, los apresamientos injustificados de pesqueros españoles, la falta de respeto a las aguas territoriales españolas (determinadas por las Islas Canarias), y la frecuencia con la que diferentes voceros marroquíes se jactan de que el crecimiento demográfico de sus nacionales en España es un arma cargada de futuro, crecimiento que, además, sufraga en buena parte el sistema de seguridad social español.
Mientras que eso sucede, Marruecos anuncia sus proyectos de hacerse con las riquezas que atesora el suelo marino en las aguas cercanas a las Canarias y al Sahara Occidental, al que España ha abandonado a su suerte, indiferente a los intereses de sus habitantes, muchos de los cuales son, además, españoles. La tesis marroquí de que las grandes riquezas minerales que se encuentran en esas aguas le “pertenecen”, pretensión que carece de base tanto geográfica como histórica, es vista con mucha comprensión por USA, que, por supuesto, confía en beneficiarse antes o después de las políticas marroquíes de hechos consumados.
Entre tanto, España se limita a protestar, pero sin dar paso alguno en defensa de sus derechos, ya sea por temor al enfrentamiento abierto con Marruecos, ya por no contrariar al Gran Hermano yanqui, al que, paralelamente, Sánchez se permite chulear de cara a la galería, a la vez que su Gobierno, por boca del impresentable Ministro de Asuntos Exteriores, aumenta la marca de sandeces históricas asegurando que no hay ninguna razón para temer consecuencias negativas derivadas de las prohibiciones de uso de las bases de Rota y Morón. Para troncharse de risa.
Da vértigo la facilidad con la que España parece olvidar cómo las gasta Marruecos, y no por su gallardía bélica, sino por su habilidad para aprovechar los malos momentos hispanos. Hay que recordar la marcha verde sobre el Sahara Occidental durante la agonía de Franco, y el idilio de la administración Trump con Rabat es otro escenario malo para España, si, además, se combina con nuestro actual panorama político. Decir que Marruecos podría intentar apoderarse de un zarpazo de Ceuta o Melilla (por supuesto, con la abierta ayuda de USA) suena a idea fantasiosa carente de base, pero es grave imprudencia no querer contemplar esa posibilidad.
La tolerancia con las exigencias marroquíes alcanzó uno de sus puntos culminantes con la escandalosa decisión de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, con lo que España traicionaba definitivamente a los que en su momento fueron españoles. Sin que antes hubiera un debate en las Cortes, como sería lo adecuado en tema de esa importancia, Sánchez decidió en abril de 2022 dar la razón a Marruecos en el conflicto del Sahara Occidental, aceptando expresamente que la mejor solución sería la de dotar a aquel territorio de un estatuto de autonomía dentro del reino alauita, zanjando definitivamente la obligación de respetar las resoluciones de Naciones Unidas, que en modo alguno comportaban la integración directa en Marruecos.
Las consecuencias no se harían esperar, comenzando por poner al borde de la ruptura las relaciones con Argelia, dislate mayúsculo por muchos motivos, y entre ellos no es el menor el de la dependencia energética de España, necesitada del gas argelino. La torpeza estratégica y diplomática ha dado lugar a que España dependa ahora del gas que le vende EEUU, que además es peor y más caro que el argelino, según dicen los que saben de estas cosas, además de que, conociendo los cambios de humor de Trump, es altamente peligroso confiar en un suministrador que en cualquier momento puede decidir cerrar el grifo.

En otro plano se sitúan las relaciones humanas. Si comenzamos por los datos peores es obligado recordar que entre la población extranjera de las prisiones españolas el porcentaje mayor corresponde a marroquíes, es un mero hecho estadístico, pero puede ser valorado cuando se trata de la integración, pero el tema es, según creo, más grave:
Antes me he referido a la cuestión demográfica, y la abierta invocación que desde Marruecos se hace a la fuerza que suponen los vientres de las mujeres marroquíes inmigrantes, que traen sin cesar nuevos habitantes a España, país al que muchos de ellos nunca tendrán como propio, aunque haya crecientes excepciones que es obligado reconocer. En paralelo, las tasas de natalidad propias no paran de descender. Se trata de una “invasión lenta pero inexorable”, que se conjuga con la nula voluntad de integración de una gran mayoría de los marroquíes, que propenden a relacionarse exclusivamente entre ellos. Se dice, y algo de cierto hay en ello, que España no podría prescindir de la mano de obra extranjera en general y, en particular, marroquí, pero eso no es razón suficiente para no exigir comportamientos más respetuosos con España en tanto que país de acogida.
El tema de la integración ha tenido recientemente un importante momento crítico, provocado por la decisión del alcalde de Lérida de prohibir el velo integral (el burka y el niqab) en los espacios públicos. Su argumento es sencillo y, en mi opinión, contundente: es necesaria esa prohibición para la defensa de los derechos fundamentales de las mujeres. Las reacciones no se han hecho esperar, comenzando por el propio PSOE, Partido al que, vía PSC, pertenece el alcalde, y, por supuesto, una legión de progres de diferentes pelajes que se han lanzado a la defensa de la libertad de cultos y costumbres. No ha faltado tampoco quien ha acusado a la medida de “discriminatoria y racista”. ¡Cuánta necedad!
Esas reacciones ponen de manifiesto algo mucho más grave, como es la subestimación de lo que es el islamismo radical y lo que puede suponer, error imperdonable, especialmente si se tienen presentes episodios trágicos como los atentados de Atocha o los de las Ramblas de Barcelona. Pero según los defensores de la posición “respetuosa” con la singularidad islámica, una prohibición de esa clase interfiere la libertad de las mujeres musulmanas que decidan ocultar su rostro.
Ese problema se vivió hace años en Francia, donde la población musulmana es mucho más numerosa que en España, dando lugar a grades controversias, que no impidieron que en 2004 se prohibieran los signos religiosos ostensibles en la escuela pública. Unos años después, en 2010, se prohibió el burka con un argumento también simple y tajante: no se puede permitir que nadie circule por las calles enmascarado. La reacción de rechazo del islamismo fue la esperable, poniendo de manifiesto algo que a fuer de evidente no es valorado: las democracias occidentales son laicas, mientras que los Estados islámicos no lo son, y esa diferencia de partida explica la incapacidad islámica para comprender (y respetar) el modo de vida de los países libres.
Ese razonamiento, perfectamente trasportable a España, y va más allá de la cuestión de la supuesta “libertad de elección” de las mujeres (sin entrar en que esa libertad es indemostrable, siendo, en cambio, seguro el ambiente de control y presión en el que viven las musulmanas). Es absurdo invocar las libertades individuales, sin antes pararse a contemplar la cantidad de violencia contra las mujeres que entraña la imposición de vestimentas.
Haríamos bien los españoles en no olvidar que el islamismo (del que participan muchos marroquíes) pretende que sus propias leyes sean respetadas en Estados de Derecho en los que rigen otras, y para lograr ese objetivo no ha dudado en hacer correr la sangre, en España y en otros Estados europeos.
He comenzado hablando de la difícil relación con Marruecos y termino extendiendo el tema a la presencia del islamismo en nuestro país y en nuestra vida cotidiana. El riesgo de violencia existe y ojalá nunca pase de ser solo un riesgo, igual que sucede con el peligro de un indeseable conflicto bélico con Marruecos, que debe evitarse a toda costa, pero sin arrodillar a España.

El día después del reconocimiento de Palestina

Este es el momento en el que Palestina está más cerca de obtener un reconocimiento generalizado por la comunidad internacional. La Asamblea General de la ONU ha aprobado (143 votos a favor contra 25 abstenciones y 9 votos en contra) una resolución para la consideración de miembro de pleno derecho. Aunque tenga un valor más político que práctico, ya que ha de ser aprobado por el Consejo de Seguridad, donde Estados Unidos tiene derecho de veto, refuerza los derechos de Palestina. En El seno de la Unión Europea, un conjunto de Estados, entre los que se encuentra España, está concienciado a su reconocimiento como Estado.

El reconocimiento como Estado chocará, es obvio, con la realidad de un territorio ocupado por Isarel y con una voluntad manifiesta de sus autoridades de no ceder un ápice de territorio ni de su comportamiento agresivo, a pesar de que esté violando la legalidad internacional, que no esté cumpliendo con el derecho humanitario y que esté incurriendo en apartheid contra la población palestina.

El diseño de los mecanismos de solución requiere asumir la resolución de problemas extraordinariamente complejos para que sea efectivo. Y tengamos en cuenta que la agresión israelí y el intento de de consolidar una situación provocará, el día que llegue la creación de este estado a problemas serios en relación con esta población que, en la apariencia de que es Israel, ha ido desarrollando su vida.

Ahora bien, que no resulte fácil no quiere decir que no haya que dar respuesta al menos a tres cuestiones.

1. La cuestión territorial.

Es el problema de mayor importancia. ¿cuál debiera ser el territorio de Palestina? En 1947 la ONU aprobó un plan para la implantación de Israel cuya división territorial en tres tipos de territorio (palestino, israelí y sometido a administración internacional) no se llevó nunca a la práctica.

Plan de la ONU de división de Palestina

Un plan, dicho sea entre paréntesis, que olvidaba que con anterioridad a 1947 no había prácticamente población israelí en el territorio palestino, por mucho que el movimiento sionista hubiera intentado implantarla a partir de la declaración Blfourt, que, por otra parte, no es más que una carta de un ministro a un banquero. Posiblemente la carta más increíble que se pueda ver, en la medida en que un ministro inglés promete a un banquero que representa a un movimiento que quiere ser nacional (el sionista) el territorio en donde hay asentada una población (palestina).

Balfour declaration
Dos años después Israel se había anexionado buena parte de los territorios vecinos. Naciones Unidas ha emitido desde 1947 innumerables resoluciones sobre el conflicto palestino-israelí, en las que considera a Israel como “potencia ocupante”. La evolución se puede observar en este gráfico
Mapa anexión israelí de Palestina

Más aún, la situación en Jerusalén está provocando continuas minúsculas anexiones de territorio palestino por parte de Israel.

Todo lo anterior realza las dificultades de que el Estado palestino tenga el territorio que le correspondería de acuerdo con el Plan de la ONU de 1947, aunque no sea beneficioso para los palestinos. En todo caso, parecen presupuestos ineludibles la retirada completa de Cosjordania, Gaza y Jerusalén como vehículos para que el Estado palestino pueda desarrollar su actividad.

2. El regreso de los exiliados

Uno de los problemas centrales de la población palestina es el altísimo número de exiliados que existen y que ha ido creciendo a medida que Israel ha ido anexionando de forma ilegítima nuevos territorios. De acuerdo con la Agencia de Naciones Unidas para el Oriente Próximo, Según UNRWA, se considera persona refugiada de Palestina a aquella “cuyo lugar de residencia habitual, entre junio de 1946 y mayo de 1948, era la Palestina histórica –el actual estado de Israel– y que perdieron sus casas y medios de vida como consecuencia de la guerra. Las descendientes de esta población son también considerados refugiadas por la Agencia”. Es la llamada Nakba, la catástrofe que se produjo cuando como consecuencia de la invasión israelí tuvieron que dejar su hogar,

A ellos habría que añadir los nuevos expulsados de sus viviendas y territorios de origen y que suman entre 5 y 6 millones de personas. Es el colectivo mayor y más antiguo de refugiados; que hoy se hacinan esencialmente en campos de Siria, Jordania y Líbano.

3. Reivindicar la legalidad internacional al territorio palestino y en el Oriente Próximo para la instauración de una cultura de paz y seguridad en la región.

Todo lo anterior se transformaría en papel mojado si no hubiera medidas de garantía de la legalidad internacional en el territorio palestino, y, en general en todo Oriente Próximo. Recordemos que hoy Israel no sólo tiene ocupado territorio palestino, sino también sirio (los Altos del Golán).

Sí hay una cuestión que conviene recordar. Cuando se produce la Declaración de independencia de Palestina en 1988, lleva incorporadas una serie de cláusulas complementarias para lograr su materialización y que responden a los principios del Derecho internacional: ase aceptan los principios de la Carta de las Naciones Unidas, se renuncia a la violencia e implícitamente se reconoce el Estado de Israel. Más aún, se acepta la resolución 181 de la Asamblea General de la ONU que fijaba los límites territoriales de la división del antiguo protectorado británico. Jamás ha dado Israel pasos similares para la creación de una paz duradera en Oriente Próximo.

Por ello, parece pertinente la instauración de una fuerza de interposición de la ONU que pudiera actuar como vehículo de paralización de eventuales agresiones territoriales.

4. ¿Y mientras?

El reconocimiento de Palestina es un deber ético y legal. Pero sus consecuencias prácticas son limitadas, mientras que no se apliquen sanciones económicas, militares y políticas contra el Estado de Israel. Es la única vía para conseguir una solución al problema palestino y, en general al problema de oriente Próximo. Medidas de Boicot, Desinversión y Sanción en aras de abrir un camino que conduzca a la solución del problema.

Hoy en Gaza se está produciendo una política de extermino y traslado de población que no resulta admisible desde la perspectiva de los derechos humanos y la legalidad internacional. No puede quedar sin sanción y sin que el infractor, Israel, asuma su responsabilidad.

Autor

¿Necesita asesoramiento especializado en Derecho administrativo?