Ultima actualización: 29/05/2026

El rey desnudo

por Julio González García | 12/08/2025

Indice

Planteamiento

Todos conocemos El rey desnudo, o para ser más preciso, "El traje nuevo del emperador", el célebre cuento de Hans Christian Andersen en el que dos pícaros tejedores convencen a un rey de que le confeccionan una prenda invisible para los necios. Era la necesidad de hacer su imagen la que le llevó a ese absurdo.

De pronto, un niño rompe el encantamiento colectivo con una verdad incómoda, aunque también se podría decir como que un niño dice lo que todos saben pero ninguno se atrevió a comentarlo.

Lo que pocos saben es que Andersen, con toda probabilidad, no inventó nada. Cinco siglos antes, Don Juan Manuel había narrado una historia prácticamente idéntica en el Cuento XXXII de su Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio, redactado entre 1331 y 1335. La comparación entre ambos textos resulta tan reveladora que obliga a replantear uno de los mitos de la literatura infantil europea, aunque, como veremos luego, hay conclusiones muy relevantes para los adultos.

Reproduzco a continuación el Cuento XXXII íntegro para que el lector pueda juzgar por sí mismo.

Conde Lucanor. Cuento XXXII. Lo que le sucedió a un Rey con los burladores que hicieron el paño

Otra vez le dijo el Conde Lucanor a su consejero Patronio:

Hablaba otra vez el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:

-Patronio, a mí me ha ocurrido muchas veces estar en guerra con otros señores y, cuando la guerra se ha terminado, aconsejarme unos que descanse y viva en paz, y otros, que emprenda nuevas luchas contra los moros. Como sé que nadie podrá aconsejarme mejor que vos, os ruego que me digáis lo que debo hacer en esta disyuntiva.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que en este caso hagáis lo más conveniente, me gustaría mucho que supierais lo que ocurrió a unos halcones cazadores de garzas y, en concreto, lo ocurrido a un halcón sacre del Infante don Manuel.

El conde le pidió que se lo contara.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, el infante don Manuel estaba un día de caza cerca de Escalona y lanzó un halcón sacre contra una garza; subiendo el halcón detrás de la garza, un águila se lanzó contra él. El halcón, por miedo al águila, abandonó a la garza y empezó a huir; el águila, al ver que no podía alcanzarlo, se alejó. Cuando el águila se retiró, el halcón volvió a la garza y procuró cogerla y matarla. Estando ya el halcón muy cerca de la garza, el águila se lanzó de nuevo contra el halcón, que huyó como la vez anterior. Se alejó otra vez el águila y el halcón voló de nuevo hacia la garza. Así ocurrió tres o cuatro veces: siempre que el águila se iba, volvía el halcón a la garza, pero cuando el halcón se acercaba a la garza, volvía a aparecer el águila para matarlo.

»Al ver el halcón que el águila no le permitiría matar a la garza, la dejó, y voló por encima del águila y la atacó tantas veces y con tanta fortuna, hiriéndola siempre, que la hizo huir. Después de esto, el halcón volvió a la garza y, cuando volaban muy alto, volvió otra vez el águila para atacarlo. Cuando vio el halcón que cuanto había hecho no le servía de nada, volvió a volar por encima del águila y se dejó caer sobre ella con uñas y garras, y   -133-   con tanta fuerza que le rompió un ala. Al verla caer, con el ala quebrada, volvió el halcón contra la garza y la mató. Obró así porque pensaba que no debía abandonar su caza, después de haberse desembarazado del águila, que se lo impedía.

»Y a vos, señor Conde Lucanor, pues sabéis que vuestra caza, y honra y todo vuestro bien, tanto para el cuerpo como para el alma, consiste en servir a Dios, y sabéis además que, según vuestro estado, como mejor podéis servir a Dios es luchando contra los moros, para ensalzar la santa fe católica, os aconsejo yo que, cuando estéis libre de otros ataques, emprendáis la lucha contra los moros. Así lograréis muchas ventajas, pues serviréis a Dios y además cumpliréis con las obligaciones de vuestro estado, aumentando vuestra honra y no comiendo el pan de balde, cosa que no corresponde a ningún honrado caballero, ya que los señores, cuando están ociosos, no aprecian como deben a los demás, ni hacen por ellos todo lo que como señores deberían hacer, sino que se dedican a cosas y diversiones impropias de su hidalga condición. Como a los señores os es bueno y provechoso tener siempre alguna obligación, tened por cierto que, de cuantas ocupaciones existen, ninguna es tan buena, ni tan honrada, ni tan provechosa para el cuerpo y para el alma, como luchar contra los moros. Recordad por eso el cuento tercero de este libro, el del salto que dio el Rey Ricardo de Inglaterra y lo que consiguió con haberlo dado; pensad también que habéis de morir y que en vuestra vida habéis cometido muchas ofensas contra Dios, que es muy justo, por lo que no podréis evitar el castigo que merecen vuestros pecados. Pero mirad, si os es posible, de encontrar un medio para que vuestros pecados sean perdonados por Dios, porque, si encontráis la muerte luchando contra los moros, habiendo hecho penitencia, seréis un mártir de la fe y estaréis entre los bienaventurados, y, aunque no muráis en batalla, las buenas obras y vuestra buena intención os salvarán.

El conde consideró este consejo como muy bueno, prometió ponerlo en práctica y pidió a Dios que le ayudara para que se cumpliera siempre su voluntad.

Y viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro, e hizo estos versos que dicen así:

A quien te aconseja encubrir de tus amigos

más le gusta engañarte que los higos.

Las diferencias que importan

La reproducción del cuento de D. Juan Manuel (doy por supuesto que “El traje nuevo del emperador" de Andersen está en la mente del lector) nos lleva a dos fenómenos distintos.

a) Por un lado, en ambos relatos hay un silencio organizacional, en donde los que perciben los problemas del sistema se callan por un cálculo: hablar tiene costes, callar es seguro. Y esto pasa hacia arriba (el rey engañado es el último en enterarse) como en otras direcciones. Nadie dice nada hasta que alguien lo desvela porque no sabe o no tiene nada que perder. Es la traslación del whistleblowing tan común en estos tiempos. 

b) En segundo lugar, la gran diferencia estriba en quién rompe el silencio. En Andersen lo hace un niño, con la inocencia como coartada: no ha sido socializado en la mentira colectiva, en el silencio de la organización. En Don Juan Manuel lo hace un negro palafrenero, y el texto es explícito en la razón: "no tenía honra que perder”. Solo puede decir la verdad quien está completamente fuera del sistema de poder. La corrupción institucional y sus derivadas de silencio no se sostienen por la complicidad activa de todos sus miembros, sino precisamente por ese mismo resorte: el miedo a perder lo que se tiene dentro del sistema.

Lo que Don Juan Manuel plasmó en el siglo XIV es que el silencio institucional no es cobardía sino cálculo. A partir de ahí se puede teorizar de muchas formas: Étienne de La Boétie lo llamaría dos siglos después servidumbre voluntaria. La psicología contemporánea lo llama aversión a la pérdida, En teoría de la teoría de las organizaciones se describe como costes del disenso. Todos describen lo mismo: hablar tiene un precio medible y callar no tiene precio visible a corto plazo. 

Por eso el sistema solo se rompe cuando interviene alguien a quien ya no le queda nada que perder. El legislador europeo tardó casi siete siglos en extraer de esa intuición una consecuencia jurídica: la Directiva 2019/1937 sobre protección de denunciantes, transpuesta en España por la Ley 2/2023, reconoce que en las organizaciones quien dice la verdad necesita protección. El palafrenero negro de Don Juan Manuel no era un héroe. Era alguien a quien el sistema ya no podía castigar.

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