Afganistán y la caída del imperio americano

por Julio González García | Ago 31, 2022

Al parecer, un comité de la Cámara de Representantes de EEUU se ha pronunciado a favor de apoyar los esfuerzos del secretario de Estado para alcanzar un compromiso diplomático entre Marruecos y España sobre el futuro de Ceuta y Melilla. Lo de menos es saber qué es exactamente lo que está haciendo ese sujeto. Lo realmente preocupante es que estamos en la antesala de un grave problema, aumentado por la prometida venganza de EEUU por la actitud de España con ocasión de la actual guerra del golfo Pérsico.
Forzoso es comenzar por aceptar que la relación con el reino alauita es aparentemente correcta, pero está plagada de tumores, históricos y presentes, por más que el observador quiera y deba apartar todos los apriorismos negativos que entran en el análisis, pero la realidad es la que es y no ofrece motivos para el optimismo. Hay un primer punto que es obligado destacar: aun aceptando que Trump es un tipejo indeseable, es un grave error buscar el enfrentamiento con él, y, de paso, con USA, con el objetivo prioritario de presentarse ante la izquierda española – y Europea, según delira Sánchez - como máximo adalid del pensamiento progresista y de la gallardía ante el imperialismo belicista.
Las consecuencias son fácilmente previsibles, y ahí tenemos la amenaza de supresión de las bases norteamericanas en España, cosa que la progresía de salón, y algunos más de los socios de Sánchez, consideran una gran noticia, sin reparar en que el gran beneficiado puede ser Marruecos, a cuyo territorio pueden ir a parar las bases con todo lo que eso comporta, lo cual no se limita a la pérdida de unos “inquilinos”, sino que va mucho más allá, alterando gravemente la defensa de los intereses españoles.
Pero Sánchez, agobiado por las encuestas desfavorables, tenía que buscar en el baúl recursos propagandísticos y uno era el del “no a la guerra”, que irá acompañado, de aquí a las elecciones generales, del grito “OTAN no, bases fuera”, que estuvo en boga a comienzos de los 80. La probada frivolidad del actual PSOE y su jefe no detendrá el dislate, pues ningún precio para España es demasiado alto si se trata de los intereses electorales inmediatos.
Me he referido a uno más de los disparates sanchistas, pero el tema de estas notas es la relación con Marruecos. Para la mayoría de los españoles (datos del Real Instituto Elcano) Marruecos es la más grave amenaza exterior de España, muy por encima de Rusia que, en su caso, es un problema que España comparte con toda Europa en tanto que el marroquí es estrictamente español, y si la detección de la opinión se centra en Ceuta o Melilla o, incluso, en Canarias, el nivel de preocupación es mucho mayor.
A la gravedad estratégica de buscar el enfrentamiento con USA ( y con Israel) se suma la baja reacción ante hechos ya acaecidos, como han sido las invasiones incontroladas de inmigrantes ayudados por la Administración marroquí, los apresamientos injustificados de pesqueros españoles, la falta de respeto a las aguas territoriales españolas (determinadas por las Islas Canarias), y la frecuencia con la que diferentes voceros marroquíes se jactan de que el crecimiento demográfico de sus nacionales en España es un arma cargada de futuro, crecimiento que, además, sufraga en buena parte el sistema de seguridad social español.
Mientras que eso sucede, Marruecos anuncia sus proyectos de hacerse con las riquezas que atesora el suelo marino en las aguas cercanas a las Canarias y al Sahara Occidental, al que España ha abandonado a su suerte, indiferente a los intereses de sus habitantes, muchos de los cuales son, además, españoles. La tesis marroquí de que las grandes riquezas minerales que se encuentran en esas aguas le “pertenecen”, pretensión que carece de base tanto geográfica como histórica, es vista con mucha comprensión por USA, que, por supuesto, confía en beneficiarse antes o después de las políticas marroquíes de hechos consumados.
Entre tanto, España se limita a protestar, pero sin dar paso alguno en defensa de sus derechos, ya sea por temor al enfrentamiento abierto con Marruecos, ya por no contrariar al Gran Hermano yanqui, al que, paralelamente, Sánchez se permite chulear de cara a la galería, a la vez que su Gobierno, por boca del impresentable Ministro de Asuntos Exteriores, aumenta la marca de sandeces históricas asegurando que no hay ninguna razón para temer consecuencias negativas derivadas de las prohibiciones de uso de las bases de Rota y Morón. Para troncharse de risa.
Da vértigo la facilidad con la que España parece olvidar cómo las gasta Marruecos, y no por su gallardía bélica, sino por su habilidad para aprovechar los malos momentos hispanos. Hay que recordar la marcha verde sobre el Sahara Occidental durante la agonía de Franco, y el idilio de la administración Trump con Rabat es otro escenario malo para España, si, además, se combina con nuestro actual panorama político. Decir que Marruecos podría intentar apoderarse de un zarpazo de Ceuta o Melilla (por supuesto, con la abierta ayuda de USA) suena a idea fantasiosa carente de base, pero es grave imprudencia no querer contemplar esa posibilidad.
La tolerancia con las exigencias marroquíes alcanzó uno de sus puntos culminantes con la escandalosa decisión de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental, con lo que España traicionaba definitivamente a los que en su momento fueron españoles. Sin que antes hubiera un debate en las Cortes, como sería lo adecuado en tema de esa importancia, Sánchez decidió en abril de 2022 dar la razón a Marruecos en el conflicto del Sahara Occidental, aceptando expresamente que la mejor solución sería la de dotar a aquel territorio de un estatuto de autonomía dentro del reino alauita, zanjando definitivamente la obligación de respetar las resoluciones de Naciones Unidas, que en modo alguno comportaban la integración directa en Marruecos.
Las consecuencias no se harían esperar, comenzando por poner al borde de la ruptura las relaciones con Argelia, dislate mayúsculo por muchos motivos, y entre ellos no es el menor el de la dependencia energética de España, necesitada del gas argelino. La torpeza estratégica y diplomática ha dado lugar a que España dependa ahora del gas que le vende EEUU, que además es peor y más caro que el argelino, según dicen los que saben de estas cosas, además de que, conociendo los cambios de humor de Trump, es altamente peligroso confiar en un suministrador que en cualquier momento puede decidir cerrar el grifo.

En otro plano se sitúan las relaciones humanas. Si comenzamos por los datos peores es obligado recordar que entre la población extranjera de las prisiones españolas el porcentaje mayor corresponde a marroquíes, es un mero hecho estadístico, pero puede ser valorado cuando se trata de la integración, pero el tema es, según creo, más grave:
Antes me he referido a la cuestión demográfica, y la abierta invocación que desde Marruecos se hace a la fuerza que suponen los vientres de las mujeres marroquíes inmigrantes, que traen sin cesar nuevos habitantes a España, país al que muchos de ellos nunca tendrán como propio, aunque haya crecientes excepciones que es obligado reconocer. En paralelo, las tasas de natalidad propias no paran de descender. Se trata de una “invasión lenta pero inexorable”, que se conjuga con la nula voluntad de integración de una gran mayoría de los marroquíes, que propenden a relacionarse exclusivamente entre ellos. Se dice, y algo de cierto hay en ello, que España no podría prescindir de la mano de obra extranjera en general y, en particular, marroquí, pero eso no es razón suficiente para no exigir comportamientos más respetuosos con España en tanto que país de acogida.
El tema de la integración ha tenido recientemente un importante momento crítico, provocado por la decisión del alcalde de Lérida de prohibir el velo integral (el burka y el niqab) en los espacios públicos. Su argumento es sencillo y, en mi opinión, contundente: es necesaria esa prohibición para la defensa de los derechos fundamentales de las mujeres. Las reacciones no se han hecho esperar, comenzando por el propio PSOE, Partido al que, vía PSC, pertenece el alcalde, y, por supuesto, una legión de progres de diferentes pelajes que se han lanzado a la defensa de la libertad de cultos y costumbres. No ha faltado tampoco quien ha acusado a la medida de “discriminatoria y racista”. ¡Cuánta necedad!
Esas reacciones ponen de manifiesto algo mucho más grave, como es la subestimación de lo que es el islamismo radical y lo que puede suponer, error imperdonable, especialmente si se tienen presentes episodios trágicos como los atentados de Atocha o los de las Ramblas de Barcelona. Pero según los defensores de la posición “respetuosa” con la singularidad islámica, una prohibición de esa clase interfiere la libertad de las mujeres musulmanas que decidan ocultar su rostro.
Ese problema se vivió hace años en Francia, donde la población musulmana es mucho más numerosa que en España, dando lugar a grades controversias, que no impidieron que en 2004 se prohibieran los signos religiosos ostensibles en la escuela pública. Unos años después, en 2010, se prohibió el burka con un argumento también simple y tajante: no se puede permitir que nadie circule por las calles enmascarado. La reacción de rechazo del islamismo fue la esperable, poniendo de manifiesto algo que a fuer de evidente no es valorado: las democracias occidentales son laicas, mientras que los Estados islámicos no lo son, y esa diferencia de partida explica la incapacidad islámica para comprender (y respetar) el modo de vida de los países libres.
Ese razonamiento, perfectamente trasportable a España, y va más allá de la cuestión de la supuesta “libertad de elección” de las mujeres (sin entrar en que esa libertad es indemostrable, siendo, en cambio, seguro el ambiente de control y presión en el que viven las musulmanas). Es absurdo invocar las libertades individuales, sin antes pararse a contemplar la cantidad de violencia contra las mujeres que entraña la imposición de vestimentas.
Haríamos bien los españoles en no olvidar que el islamismo (del que participan muchos marroquíes) pretende que sus propias leyes sean respetadas en Estados de Derecho en los que rigen otras, y para lograr ese objetivo no ha dudado en hacer correr la sangre, en España y en otros Estados europeos.
He comenzado hablando de la difícil relación con Marruecos y termino extendiendo el tema a la presencia del islamismo en nuestro país y en nuestra vida cotidiana. El riesgo de violencia existe y ojalá nunca pase de ser solo un riesgo, igual que sucede con el peligro de un indeseable conflicto bélico con Marruecos, que debe evitarse a toda costa, pero sin arrodillar a España.

AFGANISTAN COMO MANIFESTACIÓN DE LA CAIDA DEL IMPERIO AMERICANO

La caída de Kabul ha exteriorizado la caída del régimen impuesto por Estados Unidos en Afganistán y, de nuevo, nos encontraremos ante una situación similar a la vivida en la antigua Saigón tras la derrota americana ante el Vietcong. 

Una situación que es comparable en cuanto al impacto en la opinión pública norteamericana, que no veía bien continuar una aventura como ésta con un alto coste en vidas humanas y un elevado coste económico y que ha provocado los recelos en los militares que se han opuesto a la salida y, en particular, a las condiciones de la misma.

La caída de Kabul es algo más que una derrota militar. No me quiero ni siquiera fijar en el hecho de que la derrota no sólo es de los Estados Unidos sino también de la OTAN. En virtud del artículo 5 se activó el protocolo de defensa colectiva, lo que permitió disponer de los medios de los restantes miembros de esta organización militar.

No, la cuestión es la tendencia que manifiestan los EE.UU. en los últimos años, con claros síntomas de cansancio en un liderazgo que está tomando la pujante República Popular China.

Dicho claramente, EE.UU. ha huido de Afganistán. Dos grandes potencias han mantenido su legación diplomática para estrechar vínculos con el Gobierno talibán, Rusia (lo que extiende el ámbito de influencia a los países postsoviéticos de la zona) y China. Frente a ello, los americanos cierran su legación diplomática, que pasa a estar ejercida desde Doha, Qatar.

Tres países más están intensificando, en mayor o menor medida, sus relaciones con los talibanes: Pakistán, Irán y Turquía. En una coyuntura geopolítica internacional, supone dejar Afganistán, el Asia central y las rutas comerciales (que pasan por Afganistán) en manos de terceros países. Realmente, aquí no se ve ni táctica ni estrategia sino mera rendición sin pensar en las consecuencias, internas y externas de lo ocurrido.

El argumento de Biden (bastante pobre, por otra parte) es que el acuerdo con los talibanes se lo encontró cuando llegó a la Presidencia. Paradójicamente, el Presidente que negoció el acuerdo fue el infausto Donald Trump, el que llegó a la Presidencia con su hacer más fuerte a América otra vez y que, sin embargo, fue cosechando retrocesos internacionales por su absoluta impericia en la gestión internacional. 

Sus golpes de efecto, como el del Sahara o el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén, son más efectistas que otra cosa. Cosas parecidas pueden decirse de lo ocurrido con Corea del Norte o Cuba, más allá del daño hecho con el endurecimiento del embargo a la isla caribeña.

Políticamente no tiene sentido la salida en estas condiciones de Afganistán, al igual que también careció de sentido entrar como entró George W. Bush en aquél ataque de honor herido tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. No ayudar en la construcción del Estado afgano sólo ha llevado a corrupción y a que su ejercito (esos aparentes 300.000 soldados bien armados de los que hablaba Biden) se diluyera como un azucarillo en el café.

Carece de fundamento desistir de disponer de relaciones fluidas con el régimen talibán, aunque sea por mero interés. Pero también por la protección de los civiles e intentar limitar los excesos de la aplicación de la ley árabe. Supone, en definitiva, tirar por la borda el esfuerzo de estos años en aras de no se sabe muy bien qué.

Pero además es lo que representa, al igual que representó la salida de Vietnam y las pocas enseñanzas que se extrajeron de aquella derrota.

Desde un punto de vista político interno, la situación interna ha entrado en un grado de contraposición entre demócratas y republicanos poco clara desde la historia del país. Los sucesos de enero en el capitolio muestran que el paradigma de un modo de entender la democracia está en riesgo, como consecuencia de su pobre desempeño. Las reformas no hechas por Obama están mostrando sus consecuencias y hoy no son el ejemplo que fueron antaño, por mucho que tuvieran grandes carencias en su sistema electoral o con la crisis de su sistema constitucional.

Revertir lo que ha ocurrido en los últimos años no es fácil. Pero es urgente para recuperar el impulso. Las consecuencias son dramáticas. Es, en definitiva, lo que está muy bien y prolijamente explicado en el libro de Levitsky y Ziblatt “Cómo mueren las democracias”.

Desde una perspectiva política, el impulso de la revolución americana ha quedado subsumido en una potenciación del gobierno tecnocrático. Sólo el ala izquierda del Partido Demócrata, articulada sobre los Democrat Socialists of America ha pretendido reabrir cuestiones en donde el Estado no llega. El colapso del Tribunal Supremo y la regresión de derechos que se puede imponer tras los nombramientos de Trump suponen una reducción en la democracia americana.

Al igual que, en su momento se dijera que la falta de respuesta de los Estados Unidos ante la desigualdad y los problemas sociales que hay en su interior . Tanto, que en el interior del país ya se habla de que “we are living in a Failed Sate”. (O también aquí)

La batalla comercial estadounidense, no rectificada, más allá de las duras sanciones a China y, dentro de este país, a Huawei, no dejan de plantear dudas, incluso cuando la fuerza de algunas empresas estadounidenses actúen de correa de transmisión de la posición de la Casa Blanca. Porque durante este tiempo, se ha constituido dos grandes tratados comerciales que involucran a Asia en los que EEUU no es parte. De igual modo, las relaciones comerciales con Europa siguen manteniendo problemas con Biden, equivalentes a los que había con anterioridad y articulados sobre un régimen de sanciones. 

El retroceso que se está manifestando hoy en la escena internacional supone volver al periodo anterior a la primera guerra mundial (en la que EE.UU. entro tarde) o a la segunda, (en donde entró tras el bombardeo japonés de Pearl Harbour). Supone no entender cómo China está desplegando una gran actividad internacional para disponer de materias primas y metales raros (los que hay en Afganistán, por cierto) en el despegue de su estrategia para asentarse como la gran potencia hegemónica. 

Supone no entender tampoco que la durmiente Europa se puede despertar si articula una política industrial adecuada, de la que hoy carece. Borrell reclamaba hace poco la configuración de una fuerza militar europea porque «lo que ha dicho Biden es que EE.UU. ya no quiere hacer las guerras de los demás y la UE ha actuado como una potencia ‘kantiana’, usando los instrumentos de la paz, el Estado de derecho, el comercio”. Dicho de otro modo, plantea incrementar el papel europeo ante el retroceso americano.

La crisis de Afganistán deja otro gran herido, la Organización de las Naciones Unidas. Salvo la resolución de anoche ¿qué papel ha tenido en toda la crisis afgana?

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