En diciembre de 1944, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ratificó por seis votos contra tres la condena a un ciudadano americano que se había negado a abandonar su casa en California. Su único delito era tener antepasados japoneses. El juez Murphy lo llamó con precisión quirúrgica: «legalización del racismo». Esta es la sentencia Korematsu, uno de los episodios más vergonzosos de la historia constitucional americana, y la única ocasión en que el Tribunal Supremo aplicó el más riguroso control constitucional a una norma de discriminación racial y la dio por válida.











