No resulta infrecuente que, cuando fallece una persona valiosa, en los medios se publique más de un obituario, ese género literario por cierto tan peculiar y (como bien sabía César González Ruano,  que en 1956, por poner solo una referencia, redactó para ABC la necrológica de Pío Baroja: se dice pronto) tan difícil. Tampoco es del todo insólito que luego se elabore un volumen que recoja esas colaboraciones: así sucedió por ejemplo en octubre de 2023, va para tres años, con el añorado, y por cierto cada vez más, Alejandro Nieto. O el libro que la Facultad de Derecho de la Complutense editó, con escritos de varios de sus discípulos, al cumplirse los diez años de la muerte de Eduardo García de Enterría, otro a quien tanto se echa de menos en esta época tan sufrida que nos está tocando vivir.

Pero lo que han hecho los familiares y amigos de María Inmaculada Ramos Tapia es algo novedoso, al menos para mí.

Era una profesora de Derecho Penal en Granada que además destacó en esa tarea  tan compleja (y, para la mayoría de los docentes, nada apetecible) que llamamos “la gestión universitaria”. Pero no se quedó ahí, porque desde 2023 se empleó a fondo en la Fundación Euro Árabe de Altos Estudios, la celebrada institución de la Calle San Jerónimo de aquella ciudad. Cuando en agosto de 2024 le sorprendió la parca no había cumplido 60 años, y sin embargo su perfil se encontraba muy lleno. Y no sólo en lo que concierne a los datos formales (el típico de los universitarios, con el doctorado en un lugar central: aquí tuvo por objeto nada menos que el delito de prevaricación judicial, que hasta entonces –el libro se publicó en 2000, recién dictada, en octubre de 1999, la Sentencia sobre Gómez de Liaño en el asunto Prisa, que los veteranos seguimos recordando como un hito- era una figura en la que nadie había reparado), sino también en lo que hace a lo que los franceses llaman la joie de vivre: el rasgo de la personalidad que resulta lo más mundano y atractivo (“empático”, que se dice ahora) que cabe imaginar.

Su marido y sus hijos han organizado un libro (“Memorias compartidas. Inmaculada Ramos en nuestro corazón”)  que va mucho más allá de una recopilación de los obituarios que ya se habían hecho públicos: en él se incluyen cartas privadas que tienen por sujeto a Inmaculada, y no sólo con ocasión de su fallecimiento sino también durante su existencia (a veces, siendo ella misma la escritora). Y además, desde su infancia: el cuadro de toda una vida.

El olvido del fallecido tiene mucho de inevitable, sobre todo en cuanto pasa un poco de tiempo, y por ley biológica, también van desapareciendo las personas que tuvieron ocasión de tratar al finado. Pero, sobre todo si se forma parte de un gremio cuyo oficio es el de escritor, resulta un ejercicio de nobleza –rarísimo, insisto: es la primera vez que veo algo parecido- dar a la imprenta los testimonios que se han ido acumulando desde siempre. Es lo que se ha hecho aquí y con 382 páginas (muchas de ellas, con fotos), nada menos. La presentación tuvo lugar en septiembre de 2025 y fue un evento de primer orden, no sólo en lo puramente emotivo.

Los deudos de Inmaculada, empezando por su marido y sus hijos, ya mayores de edad, han dispensado un merecidísimo servicio a su memoria. Pero sobre todo se han honrado a sí mismos, porque con ese gesto se han puesto a la máxima altura: todo un retrato (para bien), si se quiere decir así. Hay que darles no sólo las gracias por su iniciativa sino también la enhorabuena más entusiasta: bien orgullosos deben estar. A ver si cunde el ejemplo.

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz

Autor

  • Antonio Jiménez-Blanco

    Letrado de Cortes. Catedrático de Derecho administrativo en la Universidad Politécnica de Madrid. Abogado. Counsel de A&O Shearman

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